miércoles, 5 de octubre de 2011

Hacia el Mar de Jade...


1887. Una larga fila de hombres y animales, devorados por la sed, se arrastran a través de un paisaje de pesadilla.

Enormes muros de lava roja donde solo la sombra de alguna acacia aislada parece compadecerse de su suerte. Los gañidos de las hienas que todas las noches se llevan alguno de los burros que transportan las menguadas cargas y a aquellos demasiado débiles para continuar se confunden con el aullar del viento sobre las coladas de lava que los rodean, en una tierra hostil por dondequiera que se mire, pero a la vez tremendamente fascinante.


Ese año, tan solo unos meses antes, el aristócrata austríaco Samuel Teleki, se embarcó, acompañado por el militar de carrera Ludwig von Hohnel, en la búsqueda de un supuesto lago, conectado al Nilo, aún por descubrir en las desconocidas tierras frontera entre las colonias inglesas de Africa Oriental y el Imperio Etíope de Menelik.

Poco imaginaba este explorador un tanto snob la tarea que tenía por delante. Tras 5 meses de hambre, sed, luchas con tribus hostiles (hostiles claro está a la invasión de sus tierras y de su forma de vida que presagiaba la caravana que atravesaba sus tierras) y mil aventuras, con toda esperanza perdida y ya preparando el regreso, se produce uno de los momentos cumbre, en la opinión de este humilde autor, de la literatura de viajes clásica.

Remontando un muro de lava se abre ante ellos un panorama irreal. Una enorme extensión de agua, verde jade, azotada por un viento constante y rodeada de pequeños volcanes. Teleki y Von Hohnel completaba así, para los cartógrafos europeos, el mapa de los grandes lagos africanos con el más lejano, inaccesible y misterioso de todos, el Lago Turkana….



La imagen que todos tenemos de Kenia es la arquetípica del mundo del safari. Enormes planicies, manadas de leones y…..vehículos 4 x 4 rodeando a las manadas. Un país tocado por el largo brazo colonial inglés que transplantó al Ecuador muchas de sus costumbres y modos de vida. Pero no todo es así.

El viajero que remonta las carreteras keniatas hace el norte no puede dejar de notar el drástico cambio, de paisaje y de temperatura, que se produce nada más abandonar la ciudad de Nanyuki, a los pies del Monte Kenia. Pasamos de una tierra verde, fresca, con buenas carreteras, campos ubérrimos con vacas suizas y cercados a la europea, a un lugar seco, pardo, donde las ordenadas aldeas dan paso a pequeñas construcciones de barro, el asfalto va desapareciendo y las miradas que nos observan desde los bordes de la pista parecen sacadas a veces de un libro clásico de viajes. 




Fue en esta tierra, más de un siglo tras Teleki, que junto con 3 guías Samburu y dos camellos, tratamos de repetir el itinerario de Teleki hacia el Lago Turkana. Desde la ciudad de Maralal y tras descender al pie del Gran Valle del Rift, tras más de 300 km de travesía, por suerte bastante menos épica que la de los exploradores de antaño, nos plantamos frente al Turkana posiblemente en el mismo punto donde Teleki lo contempló por primera vez, en uno de los lugares de la Tierra más espectaculares que se pueda imaginar.
Dejamos atrás el Lago Logipi, en el fondo del Gran Rift, donde llegamos a medir temperaturas de 50 º C a las 9 de la mañana, así como las verdes colinas Loroghi, en tierra Samburu, donde una manada de más de 30 elefantes nos detuvo más de un día en un juego de escondite francamente…..interesante.





Y descendemos hacia las aguas verdes, entre los pequeños conos volcánicos y un viento loco, de camino por esta tierra irreal, de camino a Loyangalani, la única población de cierto tamaño en la orilla sur del lago, como en un sueño.

Un sueño que es Africa, un Africa que todos hemos buscado alguna vez y soñado en las páginas de los clásicos de viaje y aventuras, que todavía existe, rodeando el Lago de Jade. Un Africa donde no es fácil llegar pero que nos dejará marcados para siempre….